Introducción del libro “Transformación”, Robert A. Johnson

Queridas y queridos lectores,

Os invitamos a leer las primeras páginas de nuestra novedad editorial Transformación. Comprender los tres niveles de la consciencia masculina, de Robert A. Johnson. Ya disponible en nuestra tienda online.

“La tradición indica que tenemos a nuestro alcance tres niveles de consciencia: la consciencia simple, no vista a menudo en nuestro mundo tecnológico moderno; la conciencia compleja, estado habitual del hombre educado occidental, y un estado iluminado de consciencia, sólo conocido para muy pocos individuos, culminación de la evolución humana y que sólo pueden alcanzar personas altamente motivadas después de mucho trabajo y entrenamiento.

Los proverbios de muchas lenguas apuntan a estos tres niveles de consciencia. Un cuento, por ejemplo, relata que el hombre simple llega a casa en la noche preguntándose qué hay para cenar, el hombre complejo llega a casa ponderando sobre lo imponderable del destino y el hombre iluminado llega a casa preguntándose qué hay para cenar. El hombre simple y el hombre iluminado tienen mucho en común, lo cual incluye una visión de la vida directa y sin complicaciones, y por ello reaccionan de manera similar. La única y verdadera diferencia entre ambos es que el hombre iluminado es consciente de su condición, mientras que el hombre simple no lo es. Por otro lado, el hombre complejo pasa gran parte de su tiempo preocupado y a menudo se encuentra en estado de ansiedad.

Como reza un proverbio Zen: “Cuando era joven y libre, las montañas eran montañas, el río era río, el cielo era cielo. Entonces perdí mi camino, y las montañas ya no eran montañas, el río ya no era río, el cielo ya no era cielo. Entonces alcancé el satori (término Zen para la iluminación), y las montañas fueron de nuevo montañas, el río fue de nuevo río y el cielo fue de nuevo cielo”.

Nuestra tradición bíblica nos lleva de la perfección simple del Edén a través de cada caos imaginable para conducirnos finalmente al celeste Jerusalén. De nuevo, tres niveles de conciencia.

Nuestras tradiciones psicológicas también validan la existencia de estos tres niveles. Fritz Kunkel, un psicoterapeuta que trabajó en Los Ángeles desde los años treinta hasta los cincuenta, observó que los seres humanos proceden de una consciencia de sangre roja y pasan por una de sangre pálida hasta una de sangre dorada, de lo simple a lo superior. Era su manera sencilla de describir los tres niveles de consciencia que se abren a nosotros. La doctora Esther Harding señaló que la energía psíquica puede manifestarse de tres modos: como instinto, como consciencia del ego y como inversión en el Sí-mismo. El hombre evoluciona desde actuar instintivamente hasta poner su energía psíquica bajo el control de su ego. Entonces debe evolucionar más, para situar su energía psíquica bajo el control del Sí-mismo, esa consciencia más elevada que de forma diversa se llama Dios, iluminación, satori o samadhi.

Uno busca en vano ejemplos del hombre de consciencia simple en nuestro complejo mundo occidental. A menudo proyectamos esta cualidad en las minorías de piel oscura y en las mujeres (y después estamos resentidos con ellas). Al escribir sobre sus experiencias en Walden Pond, Thoreau registra los intentos de un hombre complejo de retomar la simplicidad de su vida. Nuestro propio movimiento contracultural de los sesenta fue un intento de restaurar la simplicidad y el contacto con la Madre Tierra y la vida natural. Mahatma Gandhi instó a la India a conservar su consciencia simple, simbolizada por la rueda giratoria. Él habría hecho que cada indio viviera una vida sencilla, tejiendo su propia tela, limpiando su propia casa y letrina, etc. India esquivó amablemente este consejo aislando a Gandhi de su panteón de santos, y su vida tiene poco efecto en la India actual.

Cuando fui a la India por primera vez me habían advertido de los horrores que me encontraría: leprosos, cadáveres en la calle, pobreza, niños mutilados y mendigos. Todo era cierto, y aguanté el impacto de la oscuridad lo mejor que pude. No me habían alertado, sin embargo, de la gran felicidad de la gente. Cuando vi a gente que tenía tan pocos motivos para sentirse feliz viviendo una felicidad inquebrantable, me quedé totalmente desconcertado. Estaba siendo testigo del milagro del hombre simple que busca la felicidad en un rico mundo interior y no en la caza de algún objetivo deseado.

Más tarde investigué el origen de la palabra feliz (happy, en inglés) y descubrí que proviene del verbo suceder (to happen). En otras palabras, la felicidad se encuentra simplemente al observar lo que sucede. Si no puedes ser feliz ante la posibilidad de comer, es probable que no encuentres la felicidad en ninguna parte. La felicidad es lo que sucede.

El hombre simple vive en esta consciencia y halla la felicidad en su rico mundo interior, sin importar cómo sean las circunstancias exteriores. Los hombres de consciencia iluminada conocen este noble hecho y viven con una filosofía y actitud de felicidad. Para ellos, la felicidad hace de puente entre el mundo interior y el hecho objetivo, una conexión que el hombre simple no es capaz de hacer.

Don Quijote, que será el portador del hombre simple en nuestra búsqueda, conoce el colorido mundo de su vida interior, su imaginación, pero lo hace a expensas del hecho exterior y la realidad. Este modo de vida es rico y duradero, pero requiere de un hombre superior para mantenerlo de cara a la realidad exterior. El hombre complejo, perdido ante la sencilla actitud de la felicidad y sin entender aún que Dios es lo que es, permanece encallado en la preocupación, la soledad y la ansiedad. Un maestro hindú me dijo una vez que la forma más elevada de oración es simplemente ser feliz. Esta felicidad sólo la  conocen los hombres simples e iluminados. El hombre complejo, entre consciencias, permanece atrapado por la nostalgia del pasado o la anticipación de un futuro que habitualmente esquiva su agarre.

Arrancados del jardín

Toda una generación de hombres complejos se ha emocionado y nutrido indirectamente de libros como Zorba el griego, que retrata a un griego maravilloso y sencillo que experimentó la vitalidad de su vida de un modo directo, y de las novelas de Hemingway, cuyos retratos de corridas de toros y vidas heroicas nutrieron a gente pálida y encadenada a la oficina.

Debido a que tenemos la opinión injustificable de que la consciencia compleja es altamente deseable, educamos cuidadosamente a nuestros jóvenes lejos de la simplicidad lo antes posible en la vida. Los padres se sienten muy orgullosos de que sus jóvenes puedan leer, escribir o adquirir habilidades informáticas a edades muy tempranas.  A menudo, esto produce niños a quienes se ha robado su infancia y a quienes se ha arrancado demasiado pronto del Jardín del Edén, y que por ello desarrollan neurosis más tarde en la vida.

Las sociedades anteriores a la era moderna y las que aún funcionan en lugares menos desarrollados del mundo creen que la mayoría de gente debe quedarse permanentemente en la consciencia simple —en el Jardín del Edén— a menos que aporten pruebas sólidas de su habilidad para labrarse un camino a través de la consciencia compleja hacia una consciencia más elevada. Así, sólo a muy pocos y precoces individuos se les permite adquirir la consciencia compleja. A menudo se acusa al catolicismo medieval de tratar de mantener a la mayoría de la gente en un estado campesino y de permitir la educación sólo a los pocos destinados a la santidad o el sacerdocio. La Iglesia censuró a Galileo no por afirmar una supuesta falsedad, sino por decir la verdad a aquellos a los que la Iglesia no consideraba preparados para escucharla.

La consciencia compleja es tan altamente apreciada en nuestra sociedad que no hay coste lo suficientemente elevado como para lograr la libertad, la auto-determinación y la elección, cualidades de este nivel de consciencia. Nos esforzamos tanto en defender la consciencia compleja que exportamos su estilo de vida a cualquier otro país menos avanzado, ¡y lo hacemos gratis!

La sociedad india tradicional se basa en un sistema de castas que permite sólo a unos pocos individuos superiores adquirir consciencia. Se trata de los brahmanes: los sacerdotes, maestros y místicos de la sociedad india. La siguiente casta inferior es la de los gobernadores y guerreros, gente menos interesada en la consciencia. Las castas inferiores a ésta son dominio de los comerciantes y trabajadores. El sistema mantiene a la inmensa mayoría de la gente en la consciencia simple, con una consciencia más elevada sólo accesible para esos pocos individuos cuya casta les da la indicación de que pueden sobrevivir al paso de la consciencia compleja. Este sistema, por supuesto, tiene sus defectos. Uno de los problemas más graves del sistema de castas es que es hereditario y, por lo tanto, no siempre designa al individuo un nivel proporcional a su capacidad innata; pero, por lo general, ha evitado la neurosis en masa imperante en las sociedades occidentales.

Nuestra actitud occidental moderna hacia la consciencia tiene la gran ventaja de ofrecer prácticamente a cualquiera el acceso a una consciencia más elevada. A cualquiera que desee invertir en ella el esfuerzo necesario se le da el punto de ventaja de la consciencia compleja desde la cual se consigue el nivel más alto. Pero la dificultad de hacerlo deja a un gran número de personas atascadas en la consciencia compleja, incapaces de seguir hacia una consciencia más elevada o de volver a la simplicidad y paz de la consciencia simple. Pocos tienen los medios o la visión profunda necesaria para convertirse en thoreaus del siglo XX, aunque lo hayan sentido como una solución viable. El Dr. Carl Jung nos advierte del intento de “hacer una restauración regresiva de la persona”, de regresar a una consciencia más simple cuando uno ya ha descubierto el sufrimiento de la consciencia compleja. Aquellos que prueban esta solución al sufrimiento de la vida sólo simulan ser una persona de simplicidad, lo cual es una complicación aún mayor de una vida ya sobrecargada. Una vez dejas la consciencia simple a favor de la consciencia compleja, ya nunca puedes retomar la simplicidad del campesino o del hombre “de sangre roja”. Ya no es posible regresar al Jardín del Edén una vez eres expulsado puesto que, como nos advierten las Escrituras, hay un ángel con una espada en llamas ahí de pie para evitar nuestro regreso. Dicho de forma sencilla, ya no puedes volver a casa.

En este libro quiero explorar los tres niveles de consciencia (a los que he llamado el hombre bidimensional, el hombre tridimensional y el hombre cuatridimensional) tal y como se retratan en tres obras literarias. Cervantes, Shakespeare y Goethe nos han dado obras de arte que retratan estos tres niveles de un modo muy poderoso. Cervantes escribió sobre Don Quijote, un hombre que estaba tan enamorado de los hábitos simples del hombre bidimensional —el hombre medieval— que se vistió con las galas de la caballería y la hidalguía e interpretó una imitación semicómica pero inspirada de lo que había perdido en su vida. Shakespeare definió al hombre complejo con una precisión certera en Hamlet. Y Goethe nos entregó a Fausto, que retoma la batalla perdida de Hamlet y nos lleva a esa consciencia más elevada a menudo llamada redención.

A través de estas tres obras podemos trazar la posible evolución de la consciencia en esta vida”.

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