Primer capítulo de “Recuperar la feminidad perdida”, Robert A. Johnson

Queridas y queridos lectores,

Os invitamos a leer el primer capítulo de Recuperar la feminidad perdida, de Robert A. Johnson, una de nuestras nuevas novedades editoriales. Ya disponible en nuestra tienda online.

El problema actual

“La pérdida de la energía femenina y de sus cualidades es un problema psicológico urgente de la sociedad moderna. Es una preocupación dolorosa de las vidas emocionales tanto de hombres como de mujeres. Esta pérdida de algo tan esencial para una mujer le obliga a cuestionar su feminidad. Se cristaliza en el largo debate histórico sobre la posición de la mujer en la sociedad. La pérdida de la energía femenina es menos evidente para el hombre, pero restringe las profundidades emocionales de su personalidad y es el origen de gran parte de su insatisfacción, soledad, sensación de sinsentido y mal humor. ¡Para un hombre es una conmoción descubrir que su estado de ánimo y buena parte de su naturaleza del sentir son femeninos! Sentirse superado por una emoción es sentirse abrumado por el aspecto interior femenino de su carácter, y es sólo al comprender y abrazar su feminidad que puede entender con claridad su naturaleza masculina. La pérdida o daño de las cualidades femeninas internas afecta a nuestro bienestar emocional, modificando directamente nuestra felicidad y contentamiento. Si las cualidades femeninas están en buen orden, la persona se sentirá sana y salva.

Al comprender que la feminidad no es prerrogativa de la mujer, nuestra primera tarea es educarnos a nosotros mismos para pensar en ella como una entidad que afecta a la identidad central femenina de una mujer y que afecta a la habilidad y capacidad de un hombre para sentir y valorar.

Sería más fácil comprender esta dimensión vital si nuestro lenguaje no fuera tan carente y sexista. Nos faltan términos para el aspecto femenino de la vida que sean ricos y polifacéticos. Las lenguas a menudo poseen varios términos para describir los elementos que una cultura tiene en alta consideración. Al contrario, si una lengua tiene pocos términos o uno solo para describir un elemento de su vida cultural, entonces esto indica a veces poca estima o valor. Por ejemplo, el sánscrito, base de la mayoría de lenguas de la India oriental, tiene noventa y seis términos para referirse al amor. El persa antiguo tiene ochenta; el griego, cuatro; el inglés sólo uno. El inglés no tiene la amplitud, el alcance y la diferenciación por lo femenino y las experiencias del sentimiento del sánscrito o el persa. Si así fuera, entonces tendríamos una palabra concreta que designara nuestra apreciación de padre, madre, puesta de sol, esposa, casa, amante o Dios. Tener una única palabra que se aplica a estos muchos niveles de experiencia dificulta el comprender la complejidad de nuestras vidas interiores y emociones. La lengua de los esquimales tiene treinta palabras para designar la nieve. Esto refleja la necesidad de claridad en una relación compleja con ella. Cuando estemos tan interesados en las relaciones y la feminidad como los esquimales lo están en la nieve, desarrollaremos un lenguaje centrado y diferenciado para esa dimensión de nuestras vidas.

El mitólogo Joseph Campbell trató de ensanchar nuestra exposición sobre lo femenino al aplicarle los siguientes términos:

[L]a izquierda, el lado del corazón, el lado del escudo, ha sido símbolo, tradicionalmente y en todas partes, de las virtudes femeninas y sus peligros: maternar y seducir, los poderes de las mareas de la luna y las sustancias del cuerpo, los ritmos de las estaciones: gestación, nacimiento, nutrición y apoyo; y sin embargo, de igual modo la venganza, la irracionalidad, la ira oscura y terrible, la magia negra, los venenos, la brujería y la ilusión; pero también el hermoso encanto, la belleza, el éxtasis y el gozo. Y así, la derecha es del hombre: acción, armas, hazañas heroicas, protección, fuerza bruta, y justicia tanto cruel como bondadosa; las virtudes masculinas y sus peligros: el egoísmo y la agresión, la razón lúcida y luminosa, el poder creativo similar al sol pero también la malicia fría y sin sentimiento, la espiritualidad abstracta, la valentía ciega, la dedicación teórica, la fuerza moral sobria y carente de juego.

El lenguaje moldea nuestro pensamiento incluso cuando nos consideramos abiertos de mente. Una amiga mía estaba preparando su trabajo final de curso antes de ordenarse sacerdotisa episcopal. Un demonio entró en ella y decidió escribirlo desde una perspectiva completamente femenina (ante la rígida estructura patriarcal de la iglesia). Sus amigos le desaconsejaron encarecidamente este cambio, pero ella insistió. Escribió lo siguiente:

Como mujer que escribe una declaración personal, he decidido usar el término “mujer” a lo largo de este texto, pero desearía que se entendiera con claridad que en este trabajo el término “mujer” incluye también a los hombres, sin intención de excluir al género masculino (excepto cuando el contexto lo indica claramente) de mi comprensión de la antropología teológica y de la naturaleza de la iglesia o, particularmente, de la obra de salvación de Jesucristo. Por supuesto, esto no lo hago con total inocencia. En parte estoy tratando de invertir, para mí misma y para los lectores, la experiencia de leer teología, la cual afirma incluir mi género aunque rara vez sea así.

Al escribir sobre la noción teológica de la persona, dijo:

Mi sentido de la naturaleza humana es que la mujer es una criatura finita (un ser creado de Dios) que es racional, espiritual, imaginativa y creativa o, como aparece en el Libro de Oración Común, “bendecida… con memoria, razón y talento”. Tiene la libre voluntad (limitada, pero real) y el potencial para convertirse en una verdadera hija de Dios, trascendiéndose a sí misma a medida que madura. Al comprenderla desde el punto de vista teológico, debemos luchar continuamente para mantener un equilibrio entre su naturaleza espiritual y su naturaleza material, que a menudo se ha “sobre-espiritualizado” en las comunidades de fe. Su objetivo es amar: amarse a sí misma, a otras mujeres y, lo que es más importante, a Dios. 

[…] Creo que nos hacemos la mejor imagen de los propósitos por los que la mujer fue creada y las posibilidades de su naturaleza en la persona de Jesús. Sólo podemos entender correctamente quién es la mujer después de ver quién es Cristo… porque sólo a la luz de la cruz podemos ver el pecado real de la mujer, así como su destino potencial.

[…] De todas las criaturas creadas que podemos ver en la tierra, sólo la mujer (que yo sepa) tiene el poder de la razón y la memoria. 

Además, hay en la mujer (visto de forma preeminente en Jesús) lo que Karl Rahner llama “trascendental”, lo que el salmista llama “un poco por debajo de los ángeles”, y lo que el Génesis llama “a imagen de Dios”. 

El uso de la palabra “hombres” para referirse a toda la humanidad, en nuestras escrituras y en cualquier otra parte, nos ha sometido por largo tiempo a la distorsión. El peso semántico se inclina hacia la masculinidad sin importar el esfuerzo que hagamos por incluir a las mujeres en el término “hombres”.

Debemos ir en búsqueda de esta escurridiza cualidad —la feminidad— y descubrir algo de su historia, incluso a pesar de nuestra escasez de lenguaje. Dos actitudes —una griega, la otra hindú— nos ayudarán a comprender las raíces de la feminidad en la civilización moderna. El mito de Edipo transmite el punto de vista griego, nuestra herencia inmediata; el mito de Nala y Damayanti, del Mahabharata, expresa la actitud de la India oriental.

UNA NUEVA PERSPECTIVA

Nuestras actitudes occidentales hacia la feminidad están tan profundamente inculcadas que es imposible ampliar la perspectiva sobre ellas sin salir por completo de nuestra propia cultura. Fueron mis viajes a la India los que me despertaron a una óptica enormemente distinta respecto a todo lo femenino. El tono afectivo, la valoración de la feminidad, ocupan lugares infinitamente más elevados en el éthos de la India oriental. Sólo el hecho de caminar por una calle de la India tradicional es irrumpir en un sentimiento válido. Experimentar cómo los indios usan el color, el tempo, los sonidos, la sensualidad, las relaciones, la modestia y la atemporalidad es acordarse de lo Femenino Divino.

Nuestros logros heroicos occidentales son la envidia del resto del mundo, pero los hemos ganado a costa de nuestra capacidad para ser amables, sentir, estar contentos y serenos. ¡Somos tan ricos en lo material y tan pobres en valores femeninos! ¡He visto paz y felicidad en los lugares más inesperados de la India! Con tan poco por lo que sentirse feliz, ¿cómo es que esta gente está tan contenta? A costa de los logros técnicos modernos, han mantenido sus valores femeninos.

El mito de Nala y Damayanti nos suena extraño a oídos occidentales, pero esa extrañeza es la cualidad exacta que necesitamos para completar nuestro estilo de vida occidental desastrosamente unilateral. En este mito de la India oriental, las mujeres de una fuerte identidad femenina evitan el desastre. Ineludiblemente, el héroe es la fuerza femenina. Los cuentos hindúes, simplemente, no funcionarían sin el poder de sus mujeres (sin el poder de lo femenino, que no se limita sólo a las mujeres).

Instintivamente nosotros, los occidentales, sabemos que hay un ingrediente esencial en Oriente que necesitamos para curar nuestra cultura occidental emocionalmente empobrecida. La filosofía oriental y la religión nos son familiares desde los años sesenta, sea por parte de radicales políticos o de científicos eminentes. El libro de J. Robert Oppenheimer que detalla el desarrollo de la primera bomba atómica se tituló Más brillante que un millar de soles, como referencia a los Upanishads. Obras de ficción como Siddharta de Herman Hesse y El filo de la navaja de Somerset Maugham han explorado aspectos curativos del pensamiento oriental. Es de este modo que podemos aprender del cuento de Nala y Damayanti”.

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