Segundo capítulo de “Jung: Vida y obra”, Barbara Hannah

Queridas y queridos lectoras y lectores, aquí os ofrecemos un fragmento (el segundo capítulo del libro) de nuestra novedad en la Colección Confesiones: Jung: Vida y obra, una memoria biográfica sobre el genial Carl G. Jung escrita por Barbara Hannah, una de sus principales colaboradoras y discípulas.

2. Impresiones tempranas (1875-1886)

Carl Gustav Jung nació en Kesswil, una pequeña aldea a orillas del lago de Constanza, el 26 de julio de 1875. Aunque Kesswil está en el Cantón de Turgovia, Jung nació como ciudadano de Basilea porque su padre era ciudadano de aquella ciudad.

El reverendo Paul Jung (1842-1896) era hijo del profesor Dr. Carl Gustav Jung (1795-1864). Este Carl Gustav nació en Mannheim (donde su padre también era un reconocido doctor) y parece que desde el inicio de su vida fue independiente y original en sus actitudes. Estudió ciencias naturales y medicina en Heidelberg y superó sus exámenes finales con considerable excelencia, pero en su etapa de estudiante divertía a toda la universidad al tener como mascota un cerdito al que sacaba a pasar como si fuera un perro.

Cuando tenía sólo veinticuatro años se fue a Berlín como asistente quirúrgico de un famoso oculista y profesor de la Real Academia Militar. Parecía tener todo listo para una distinguida carrera en Alemania, y de todos modos vivió en Berlín parte del tiempo en  casa del editor George Andreas Reimer, donde conoció a un círculo interesante de  personajes famosos. En esa época también escribía, y se publicaron algunos de sus poemas en el Teutsches Liederbuch. Pero los estudiantes alemanes de la juventud de Carl Gustav sénior tenían numerosos planes y clamaban por una “Alemania unida”. August von Kotzebue (1761-1819), dramaturgo y político alemán, se ganó su desaprobación por reaccionario y Karl Ludwig Sand, estudiante de teología, le asesinó en marzo de 1819. Sand fue ejecutado, pero tal y como indica la Enciclopedia Británica (1911): “El gobierno hizo de su crimen una excusa para poner las universidades bajo estricta supervisión”. Se llevaron a cabo muchos arrestos, incluyendo el de C. G. Jung, por saberse amigo de Sand y ser lo suficientemente desgraciado como para tener en posesión un martillo para estudio mineralógico que Sand le había regalado (en los informes oficiales siempre se hizo alusión a este inofensivo martillo como si se tratase de un hacha). Se le mantuvo un año en prisión y después fue puesto en libertad, pero tuvo que abandonar Prusia. Se marchó a París, donde pudo trabajar como cirujano y continuar con sus estudios.

A los veintiocho años, gracias a la influencia del Barón von Humboldt, se le llamó para ocupar una cátedra de profesor en Basilea. Se encontró la universidad en creciente decadencia e hizo un gran esfuerzo por devolverla a los altos estándares de hoy. Ante todo, fue muy querido en la ciudad por ser un médico bondadoso y capaz e, incluso, como curiosidad, dio unos pasos muy tempranos hacia el cuidado de los enfermos mentales, fundando el Instituto de la Buena Esperanza para niños con afectación psíquica. En un charla, que se publicó después de forma anónima, dijo:

En nuestra época, cuando la atención de tantos médicos está ocupada con el aspecto psíquico de la ciencia médica hasta tal punto que se dedican revistas especializadas a este tema, sin duda sería de gran mérito para cualquier universidad fundar una institución donde fuera posible estudiar tales casos objetivamente bajo la dirección de un profesor. No pienso en el típico hospital mental donde, en su mayoría, todos los casos son incurables, sino en un hospital que recoja pacientes de todas las clases y se esfuerce en curarles mediante métodos psíquicos.

Esto revela una gran profundidad psicológica, sobre todo al recordar que este Carl Gustav Jung murió en 1865 mucho antes de que pioneros como Janet y Freud hubiesen arrojado luz sobre la oscuridad e ignorancia que prevaleció en el campo de la psiquiatría durante el siglo XIX.

De su abuelo, Jung escribió:

Fue una personalidad notable y fuerte; un gran organizador, extremadamente activo, brillante, ingenioso y con un rápido dominio del lenguaje. Yo mismo aún nado en su estela. En Basilea se oía constantemente: “Ah, el profesor Jung, era alguien”. Sus hijos también se sentían tremendamente impresionados por él, pero no sólo le respetaban; también le temían, pues era un padre algo tiránico. Por ejemplo, después de la comida siempre se echaba una siesta de un cuarto de hora, durante la cual su gran familia tenía que permanecer en silencio como si fuesen ratones en la mesa del almuerzo”.

El padre del segundo Carl Jung fue el hijo más joven del tercer matrimonio del anterior Carl Gustav con la hija de una antigua familia de Basilea, Frey. El Dr. Franz Riklin, su bisnieto, me contó que exiliarse de Alemania fue para él un gran alivio, especialmente en la vejez.

Su abuelo, Sigmund Jung, que vivió al inicio del siglo XIX y que fue el tatarabuelo de Jung, es el primer miembro confirmado del árbol familiar de Jung. Era ciudadano de Mainz; y el motivo por el cual el árbol familiar no puede trazarse mucho antes se debe al “hecho de que los archivos municipales de Mainz ardieron durante el asedio de la Guerra de Sucesión española. Fue su hijo, el bisabuelo de Jung, quien se mudó de Mainz a Mannheim. Pero se sabe que un obviamente instruido doctor en medicina y derecho llamado Carl Jung vivió en Mainz a principios del siglo XVII. Jung siempre estuvo muy interesado en este hombre, quien fue probablemente un antepasado directo, por ser contemporáneo de dos alquimistas particularmente interesantes, Michael Maier y Gerardus Dorneus (Gerard Dorn), que trabajaban en Frankfurt, bastante cerca de Mainz. Aunque nunca podrá asegurarse a ciencia cierta, debería tenerse en cuenta —dado el gran interés posterior de Jung en la alquimia— que su antepasado directo estuviera conectado con estos dos famosos alquimistas. Jung pensó que este primer médico, Carl Jung, debió estar como mínimo familiarizado con los escritos de Dorneus, que fue el discípulo más conocido de Paracelso, puesto que toda la farmacología de la época aún se hallaba en gran medida bajo la influencia de éste.

Volviendo al siglo XIX, el reverendo Paul Jung se había casado con Emilie Preiswerk, una joven de una antigua familia de Basilea, y era vicario de Kesswil cuando nació Carl Gustav junior. El padre de Emilie, Samuel Preiswek (1799-1871) fue antistes de Basilea (Jung solía explicarme su título así: “Se diría que era el obispo de Basilea”). Se dice que tenía percepción extrasensorial y que mantenía animadas conversaciones con los muertos. Jung decía de su abuelo: “No conocí personalmente a mi abuelo materno [todos los abuelos de Jung murieron antes de que él naciera]. Pero por todo lo que he oído de él, su nombre Samuel, del Antiguo Testamento, le casaba muy bien. Aún creía que el hebreo era la lengua que se hablaba en los cielos y, por ello, se consagró con el mayor entusiasmo al estudio de la lengua hebrea. No sólo era extremadamente docto, sino que además poseía aptitudes poéticas. Sin embargo, era un hombre bastante peculiar y original que siempre se creyó rodeado de fantasmas. Mi madre a menudo me contaba cómo se tenía que sentar detrás de él mientras escribía sus sermones porque no podía soportar que los fantasmas le pasasen por detrás cuando estaba estudiando. ¡Los ahuyentaba la presencia de un ser humano vivo a sus espaldas!”

La madre de Jung era la hija más joven de su segundo matrimonio con la hija de un clérigo de Wurtemberg, Augusta Faber. Curiosamente, tanto Paul como Emilie eran los más jóvenes de dos familias de trece hijos, aunque su hijo fue el único chico durante nueve años.

Es importante mencionar aquí el rumor de que el primer Carl Gustav Jung fue hijo natural de Goethe. Jung me habló de esto más de una vez, pero nunca tuve la impresión de que se tomara seriamente las habladurías. Es más, la existencia de esta singular y persistente idea —contra toda evidencia externa— le resultaba sumamente interesante por sí misma, en conexión con la enorme impresión que Fausto le había causado siendo un colegial, y con todas sus comprensiones subsiguientes sobre el “principal asunto” de Goethe, como siempre se refería a Fausto.

Se diría que Basilea era el cuartel general del clan por parte de ambos lados de la familia, pero Jung ya tenía cuatro años antes de que sus padres se volvieran a mudar al vecindario. No tenía recuerdos conscientes de Kesswil, pues su familia se había mudado más allá del Rin hacia las cataratas cuando él sólo tenía seis años. Pero recordaba con claridad que le llevaran a visitar a amigos en el lago de Constanza cuando aún era muy pequeño, y la huella que dejó en él:

No podían sacarme del agua. Las olas del barco de vapor llegaban hasta la orilla, el sol brillaba en el agua y las olas habían enrulado la arena formando pequeñas crestas. El lago se ensanchaba más y más en la distancia. Esta extensión del agua era para mí un placer inconcebible, un esplendor incomparable. En aquel momento se fijó en mi mente la idea de que debía vivir cerca de un lago; creía que sin agua nadie podría vivir en absoluto.

Pudo o no haber sido por efecto de haber nacido a orillas de un gran lago, pero en cualquier caso la idea de vivir cerca de uno estaba tan firmemente arraigada en su mente que más tarde no sólo construyó su casa de Küsnacht al lado del lago, sino que en 1922 también compró terreno en la parte superior del lago de Zúrich en Bollingen, donde construyó su amada Torre aún más cerca incluso del agua.

Resulta extraño que la insistencia de Jung en cuanto a que un niño no nace siendo una tabula rasa, y la comprensión que la acompaña de la existencia de lo inconsciente colectivo, hayan levantado tan fuertes y recurrentes resistencias. Después de todo, el mundo anglosajón se ha acostumbrado durante muchas décadas a exactamente la misma idea que aparece en “Atisbos de inmortalidad en recuerdos de la primera infancia” de Wordsworth. Nunca he visto a nadie objetar a la idea expresada en este poema de que:

No en el completo olvido
Y no en la total desnudez
Mas siguiendo nubes de gloria venimos.

De hecho, la mayoría de los que rechazan el resto de la obra de Wordsworth tachándola de sentimental, moralista o banal harán una excepción con este poema. Sólo puedo suponer que “siguiendo nubes de gloria” puede descartarse como licencia poética, para que nadie sienta la necesidad de tomárselo en serio. Pero Wordsworth deja claro a lo largo del poema que él concebía que el alma del niño percibe un aspecto muy real del mundo que por desgracia más tarde se vuelve invisible, aunque él, personalmente, podía recordar el tiempo en que vivía ese aspecto del mundo. Incluso dijo en una nota que creía que, si pudiera volver la vista atrás, “todos” podrían “dar fe” de ello. Si una se para a pensar en ello, qué pocos han llevado a sus vidas este consejo del poeta. La mayoría de gente parece preferir identificarse con el “día común”:

Extensamente el Hombre percibe que se extingue
Y se desvanece en la luz del día común.

Al leer con atención el primer capítulo de los Recuerdos de Jung, una se percata de que sus primeros recuerdos no son en sí mismos muy diferentes de los de la mayoría de niños serios. Incluso los primeros sueños de la infancia son recordados por un número sorprendente de adultos. Lo más sorprendente es la diferencia en la actitud hacia estos recuerdos de la infancia, distinción que se manifestó antes de que Jung tuviera cuatro años. Tenía entre tres y cuatro años cuando tuvo el primer sueño que podía recordar. Era un sueño que iba no sólo a influir en su infancia sino también a preocuparle a lo largo de toda su vida.

Soñaba que de pronto descubría “un agujero en el suelo oscuro, rectangular y bordeado con piedra” en un gran prado cerca de su casa. Había una escalera de piedra que bajaba hasta él. Con considerable inquietud, descendió y encontró una enorme cámara rectangular, iluminada sólo con luz tenue. Una alfombra roja iba desde la entrada hasta una tarima donde había un magnífico trono de oro. Una cosa enorme que casi tocaba el techo se erguía en el trono, lo que al principio pensó que era el tronco de un árbol, pero entonces vio que estaba hecho de piel y carne desnuda y que terminaba en algo muy parecido a una cabeza redonda, sin rostro. “Coronando la cabeza había un único ojo, mirando estático hacia arriba”. Tenía un aura brillante sobre la cabeza y, paralizado de terror, tenía la “sensación de que en cualquier momento reptaría desde su trono como un gusano y se arrastraría hasta mí”. Entonces oyó la voz de su madre desafiándole: “¡Míralo, sí, es un caníbal!” Aún más aterrorizado, se despertó, y muchas noches tuvo miedo de volverse a dormir por temor a tener otro sueño similar.

Este extraordinario sueño atípico de la infancia anticipa la vida entera de Jung ya que, como él mismo señalaba, el primer sueño que se recuerda contiene como norma el patrón del destino y la personalidad futuras. En efecto, toda la vida de Jung estuvo impregnada por el principio creativo, que aquí se representa como un principio oculto de la naturaleza que lucha por emerger a la luz de la consciencia. Su miedo a que repte tras él anticipa lo que más tarde llamó el daimon de su creatividad, que le persiguió durante toda su vida. Casi ochenta años después del sueño, escribió en la “Retrospección” de Recuerdos:

Había en mí un daimon, y al final su presencia fue decisiva. Me subyugó, y si a veces yo me volvía implacable era por el agarre de este daimon. No podía detenerme en nada una vez terminado. Debía apresurarme para dar alcance a mi visión… Tenía que obedecer una ley interior que se me imponía y me dejaba sin libertad de elección.

Hacia el final de su vida, Jung se dio cuenta de que este sueño le estaba iniciando en los secretos de la tierra. Presagió una especie de entierro en la tierra, en el reino de la oscuridad, donde debía pasar muchos años para que la mayor cantidad posible de luz fuera arrojada a la oscuridad. Llegó incluso a decir que este sueño había sido el comienzo de su vida intelectual. Pero ya entonces, cuando apenas tenía cuatro años, sabía que había soñado con un Dios subterráneo y siempre pensaba involuntariamente en él cuando oía alabar a Jesús con demasiado énfasis. Se dio cuenta muy pronto de que este Dios subterráneo estaba de algún modo conectado con Jesús, y que se trataba incluso de un homólogo. Es probable que esto sucediera porque su vida diaria en la Vicaría le sembró ciertas dudas acerca de Jesús.

Por poner un ejemplo: cada noche se le enseñaba a recitar una oración al “Señor Jesús” para pedirle que se llevara a su hijo consigo y así evitar que Satanás lo devorara. Era algo muy reconfortante en sí mismo, y el niño pensó en Jesús como un “caballero amable y benevolente”, como el escudero del castillo, siempre listo para estar al tanto de los niños en la oscuridad. Pero el cementerio estaba muy cerca de la Vicaría, y le pareció muy perturbador que la gente que estaba acostumbrado a ver por el pueblo desapareciese de pronto. Al mismo tiempo aparecía un agujero en la tierra, y se le decía que la persona ausente iba a ser “enterrada y que el Señor Jesús se los había llevado con él”. Esta analogía tuvo el indeseado efecto de causar en el niño una desconfianza en Jesús mucho antes del momento en que normalmente otros niños pierden su fe infantil, pero también sentó las bases de la preocupación vital de Jung por la naturaleza paradójica de Dios, que culminó unos setenta años más tarde con Respuesta a Job.

Hubo otro hecho que reforzó esta temprana desconfianza en Jesús. Por casualidad, había escuchado una conversación sobre los jesuitas entre su padre y un colega que estaba de visita, de la que dedujo que los jesuitas eran especialmente peligrosos, incluso para su padre. No tenía ni idea de lo que era un jesuita pero asoció inmediatamente la palabra con Jesús. Algunos días después, al encontrarse a un sacerdote católico con sotana, estableció de nuevo la conexión entre los jesuitas y Jesús y salió corriendo a causa del pánico. Más tarde no pudo recordar si esto había sucedido antes o después de su sueño.

Estas primeras impresiones, muy fuertes y altamente emocionales, tuvieron como resultado el fijar el interés de Jung por las preocupaciones eternas del hombre hasta tal punto que, a diferencia de los jóvenes en etapa de crecimiento, nunca se olvidó de ellas. A medida que avanzaba en edad, su interés en el aspecto interior de la vida se acrecentó y fue capaz, con la breve excepción de cuando tenía once o doce años, de hacerle justicia sin abandonar las responsabilidades de su vida exterior.

Pasar la mayoría de años formativos tan cerca de las cataratas del Rin tuvo, sin duda alguna, una considerable influencia en Jung. Particularmente el momento en que el río llega a su máximo caudal —lo cual sucede a menudo, especialmente cuando la nieve del invierno se derrite en las montañas—, es muy impactante. Jung dice, sin embargo, que en los alrededores de las cascadas “hay una zona de peligro. La gente se ahogaba y los cuerpos pasaban por encima de las rocas”. Cuando tenía casi tres años los pescadores sacaron uno de los cadáveres de debajo de las cataratas y pidieron permiso para ponerlo en la lavandería de la Vicaría. Su madre le prohibió rigurosamente salir al jardín mientras estuviera allí pero, como es natural, pronto las cosas se tranquilizaron lo suficiente como para pasar desapercibido y se escapó. Nos contaba que vio sangre y agua chorreando por debajo de la puerta pero, que en vez de asustarse, ¡le pareció “extraordinariamente interesante”!

Los niños criados en el campo, como era el caso de Jung, empiezan con cierta ventaja por encima de los niños de ciudad en tanto que, desde muy temprano, poseen la oportunidad de encarnar la vida tal y como es, con su lado oscuro al igual que con su luz. Las cosas no cambiaron demasiado al respecto cuando la familia se mudó a Kleinhüningen en 1879, pues en aquel momento se trataba de un pequeño pueblo en el medio del campo. Desde entonces —como la mayoría de grandes ciudades suizas— Basilea ha crecido tanto que Kleinhüningen ha quedado más o menos absorbido por ella, pero en la época de Jung —su padre siguió siendo vicario hasta su muerte en 1896— la ciudad y el pueblo aún quedaban separados por un largo paseo campestre.

Aún así, la comparable cercanía de Basilea implicaba que la influencia del clan se había vuelto mucho más fuerte en la vida de Jung. En aquellos días, mucho antes de la invención de los vehículos de motor, Laufen aún quedaba a una larga travesía de Basilea, y visitar parientes debía ser una rareza en comparación. Pero en Kleinhüningen las familias tanto del reverendo Paul Jung como de su esposa estaban a un paso. Esta influencia era sobre todo teológica; dos hermanos del padre de Jung eran clérigos, no había menos de seis por parte de su madre, y el cabeza de la familia de ella, cuyos hijos eran todos teólogos, era pastor en St. Alban, Basilea. Es cierto que pasó mucho más tiempo antes de que Jung se diera cuenta de la influencia que estaban tratando de ejercer en él, pero como decía: “Los niños reaccionan mucho menos a lo que los adultos dicen que a lo imponderable del ambiente que los rodea”. Desde el principio, este ambiente estuvo plagado de opiniones preconcebidas y también de dudas secretas provenientes de las abrumadoras influencias teológicas de los clanes Jung y Preiswerk, por no hablar del trágico destino relacionado con esto que aguardaba a su padre. Jung me dijo más de una vez que nunca podría haber analizado o entendido mis sueños si él mismo no hubiera sido hijo de un clérigo, y es posible que el ser yo misma hija de un sacerdote sea lo que me otorga cualquier entendimiento en cuanto a esta faceta de la infancia de Jung y lo “imponderable” del ambiente que lo rodeaba.

Pero había otros aspectos “imponderables” de difícil naturaleza aún más cercanos a la temprana infancia de Jung. En Laufen ya existía lo que él llamaba “una separación temporal de mis padres”. Su madre estuvo fuera por varios meses, en un hospital de Basilea, y “presuntamente su enfermedad tenía algo que ver con las dificultades del matrimonio”. Su ausencia le “apenó con hondura”, y lo atribuyó al hecho de que él había sufrido por un tiempo de “eccema generalizado” por este motivo. Las cosas no parecían haber mejorado para sus padres cuando llegaron a Kleinhüningen; mucho antes ya dormían separados y Jung pernoctaba en el cuarto de su padre.”

He observado muchos matrimonios de este estilo entre los clérigos que he conocido (a mis padres Jung los describía como “convencionalmente correctos y psicológicamente errados por completo”). Uno de los aspectos más perturbadores para todos los clérigos que se toman en serio su profesión y para sus crecientes familias, es la mirada atenta y crítica que viene desde las congregaciones y conocidos hacia todo lo que hacen y dicen. Generalmente se espera de ellos algo distinto, y es difícil que se sientan aceptados como seres humanos corrientes. De hecho, cuando llegué a Zúrich aprendí conscientemente, por primera vez, que éste era el motivo de mi temprana sensación, extrañamente persistente, de que yo era de algún modo una marginada. Jung me dijo que en la escuela y en el pueblo nadie le llamaba Carl Jung sino siempre “Carl el del cura”, lo cual era naturalmente desagradable para él.

Creo que esto es, en el fondo, el resultado del cristianismo como una religión de la que es imposible estar a la altura, porque no permite suficiente espacio para el lado oscuro del hombre y, de hecho, tampoco para el lado oscuro de Dios. Todos los cristianos practicantes o declarados sufren constantemente de una mala conciencia, porque sienten que deberían estar viviendo una perfección completamente inalcanzable. Genuinamente esperan que los pastores sepan cómo hacerlo, de ahí sus expectativas. Pero, puesto que tales expectativas serán inevitablemente frustradas, se consuelan a sí mismos con un placentero y excesivo sentido del alivio, e incluso triunfo, al observar los defectos de los pastores y sus familias cercanas.

Recuerdo que una vez jugando al rounders en una fiesta infantil, corrí entrando   dentro de un palo por plena equivocación, porque el sol me daba en los ojos. Nuestro anfitrión, un militar agresivo, vociferó literalmente, triunfante: “¡Mira qué bonito, la hija de un decano haciendo trampas, a ver si no se lo digo a tu padre!” Aún recuerdo la sensación de total desesperación que me invadió: quería hacerme creer que lo había hecho a propósito, y que no había nada que pudiera cambiar al respecto. A unos cuantos niños les había pasado lo mismo, pero él apenas les había señalado sus errores con suavidad o los había pasado por alto.

Está claro, con tales expectativas circundantes, que se mantiene un ojo especialmente aguileño sobre los matrimonios de los clérigos, que son, por así decirlo, el centro de atención. Ambos miembros de la pareja hacen el máximo esfuerzo por estar a la altura del ideal de matrimonio que se espera de ellos, lo cual es una presión terrible. Además, no es sólo lo que otra gente espera de ellos sino, aún peor, lo que ellos esperan de sí mismos. Jung dijo que tanto su padre como su madre “hicieron grandes esfuerzos por llevar vidas devotas, teniendo como resultado escenas de enfado entre ellos que eran demasiado frecuentes. Es comprensible que estas dificultades desmenuzaran más tarde la fe de mi padre”. Más adelante, afirmó con franqueza: “El matrimonio de mis padres no fue feliz, sino que estuvo lleno de retos, dificultades y pruebas de paciencia. Ambos cometieron los errores típicos de muchas parejas”.

Sin embargo, debe enfatizarse que ambos parecían ser individuos extraordinariamente valiosos. Una se lleva una impresión muy positiva al leer los Recuerdos de Jung, y siempre hablaba de ambos —por mucho que criticara sus errores— en términos que no dejaban dudas acerca de su amor y respeto por ellos. De su madre dijo, por ejemplo: “Mi madre fue una buena madre para mí. Tenía una afable calidez animal, cocinaba maravillosamente, y era de lo más sociable y agradable”.

Para él su padre era, de hecho, una figura trágica, aunque no se percató de esto conscientemente hasta más tarde; sólo era un niño que pensaba que, mientras había algo inesperado e incluso alarmante en su madre, especialmente por las noches, su padre era extremadamente responsable pero desafortunadamente desvalido. Cuando tenía seis o siete años empezó a sufrir unas “pseudo-anginas” que él veía como “un factor psicogénico: la atmósfera de la casa empezaba a ser irrespirable”.

No atribuyó estos “imponderables” sólo al matrimonio de sus padres —aunque la mayoría de psicólogos están de acuerdo en que se trata de un factor decisivo en la infancia de la mayoría de niños—, sino que achacó gran parte de ello a las crecientes dudas religiosas de su padre. Dijo:

Las peculiares ideas religiosas que me llegaron incluso en mi más temprana infancia fueron productos espontáneos que sólo pueden comprenderse como reacciones a mi entorno parental y al espíritu de la época. Las dudas religiosas por las que mi padre iba a sucumbir más tarde de forma natural tuvieron que atravesar un largo periodo de incubación. Tal revolución del propio mundo, y del mundo en general, arrojó consigo sus sombras, y cuanto más largas eran éstas, con más desesperación la mente consciente de mi padre se resistía a su poder. No es sorprendente que las premoniciones de mi padre le crearan un estado de inquietud, que me fue comunicado por sí mismo.

Más tarde añadió:

Si miro atrás, ahora veo cuánto mi desarrollo como infante anticipó sucesos futuros y allanó el camino tanto para formas de adaptación al colapso religioso de mi padre como para la devastadora revelación del mundo tal y como lo vemos hoy, una revelación que no había cobrado forma de un día para otro sino que había arrojado sus sombras mucho antes.

Aunque había emanaciones alarmantes que provenían de su madre por la noche, como la “figura indefinida, vagamente luminosa” con una cabeza separable que vio en la primera época de Kleinhüningen viniendo desde su cuarto, él sintió que las “ideas religiosas peculiares” emanaban sólo de su padre. Dijo:

Nunca tuve la impresión de que estas influencias emanaran de mi madre, puesto que ella, de algún modo, estaba arraigada a una tierra invisible, aunque nunca se me apareciera como confianza en su fe cristiana. Para mí estaban de alguna manera conectadas con los animales, los árboles, los campos y el agua corriente, de los cuales todos contrastaban de manera muy extraña con su apariencia cristiana y sus aseveraciones convencionales de la fe. Este contexto correspondía tanto con mi propia gratitud que no me causaba desasosiego alguno; me aportaba un sentido de seguridad y la convicción de que había un terreno sólido donde tenerse en pie. Nunca se me ocurrió pensar cuán “paganos” eran estos cimientos.

Desde luego, tampoco se le ocurrió a su madre. Nunca fue sistemáticamente consciente de esta base instintiva que era, sin embargo, el mayor recurso que Jung tuvo siendo niño, un terreno fértil que le posibilitó desarrollarse tal y como lo hizo.

No todos los miembros de ambos clanes eran teólogos. Algunos estaban muy arraigados a la tierra y rebosantes de sabiduría natural. Muy al principio de mi época en Zúrich, recibí una impresión positiva por parte de los tíos de Jung, ya que muy a menudo los citaba o contaba historias acerca de ellos que daban la impresión de un fondo de sabiduría natural y la sensación de que eran una gente sumamente sensata. Estos tíos, sin duda, tuvieron más influencia en él que la mayoría de teólogos del clan.

Mientras tanto, aparte de los “imponderables” invisibles de la situación, Jung creció como un niño sano de campo, rodeado de la naturaleza que amó toda su vida. Fue a la escuela del pueblo pronto antes de cumplir los seis, como es costumbre con todos los niños suizos. Debió tratarse de una escuela a la vieja usanza, construida sobre la idea de “si escatimas con la vara, consientes al niño”, ya que recuerdo que en un seminario Jung describió una vez sus primeras clases en aquella escuela. La maestra escribía una letra o lo que quisiera enseñar a los niños en la pizarra, y entonces les propinaba un latigazo en la espalda —¡chas!— con tal de estamparles la lección. Me impresionó mucho el hecho de que este trato no dejara resentimiento alguno. Al contrario, ¡parecía que Jung pensaba que era la mejor mnemotecnia que existía! (Más de una vez puntualizó que los maestros zen a menudo hacían uso de tales métodos con sus estudiantes).

Antes de ir a la escuela Jung había sido un niño solitario, pero no le importaba en absoluto, porque jugaba solo y a su manera. No podía recordar a qué jugaba cuando era pequeño, sólo que no quería que se le molestara y que estaba profundamente absorto en esos juegos y odiaba que alguien le mirara o juzgara. Esto lo ha confirmado su más viejo amigo, Albert Oeri, editor por largo tiempo del Basler Rachrichten y famoso miembro del Nationalrat. En unas pocas evocaciones de juventud con las que contribuyó para el Festschrift con motivo del sexagésimo cumpleaños de Jung, Oeri escribió que sus padres visitaban a los padres de Jung cuando estos aún vivían en Laufen, y le llevaban con ellos puesto que tenía la misma edad que Carl Jung y ambas familias querían que se hiciesen amigos y jugaran juntos. “Pero”, dijo Oeri con remordimiento, “no hubo manera. Carl se sentaba en medio del salón abstraído en un juego y no se daba la más mínima cuenta de que yo estaba ahí”. Se preguntó a sí mismo por qué recordaba esto con tanta claridad después de más de medio siglo, y dijo que en toda su vida (tenía tres o cuatro años) había conocido a tal “monstruo asocial”. Oeri formaba parte de una gran familia, y todos jugaban o se peleaban juntos en una gran guardería, mientras que Carl era en aquel momento hijo único y nunca se había relacionado con otros niños.

Jung recuerda que le gustaba ir a la escuela porque, en primer lugar, encontró al fin a los compañeros de juego que por tanto tiempo le habían faltado. Pero pronto se enteró de que esto no era una bendición pura; descubrió que estar con todos esos niños “me alienaba de mí mismo”. En la escuela era diferente de como era en casa, y aunque evidentemente se llevaba bien con sus compañeros de clase, se unía a sus travesuras e incluso urdía otras para ellos, muy pronto se dio cuenta de que le hacía sentirse incómodo. “La influencia de este mundo más amplio, que contenía a otros además de a mis padres, me parecía dudosa cuando no totalmente sospechosa y, de algún modo, oscura, hostil”.

Esta reacción no es de ninguna manera inusual en niños introvertidos, como mucho más tarde Jung definió a este tipo. Aunque los niños extrovertidos normalmente disfrutan de la “influencia del mundo externo”, no es en absoluto así en el caso de los niños introvertidos, que siempre rehuyen de él de una forma u otra. Definitivamente, Jung pensó en sí mismo como un introvertido y se podía ver claramente en su reacción infantil hacia los objetos externos y la gente. A la vez, su amor por la naturaleza, donde “la dorada luz solar se filtra a través de las verdes hojas”, se incrementó con rapidez, pero contrastaba con el mundo de sombras del que también se había vuelto cada vez más y más consciente desde sus más tempranas experiencias en Laufen (su primer sueño recordado, Jesús “llevándose” a los muertos, el jesuita, etc.). De sus primeros días en la escuela, dijo: “Fue como si sintiera una división en mí mismo, y la temía. Mi seguridad interior se vio amenazada”.

Poco después de que fuera a la escuela del pueblo —a los siente u ocho años—empezó a recordar los juegos que disfrutaba solo. Las construcciones con bloques se convirtieron en una pasión. Al igual que la mayoría de chicos de su edad, también disfrutaba destruyendo lo que había construido con “terremotos”. En esa época también dibujaba con intensidad, concretamente imágenes de todo tipo de batallas, e incluso se adelantó al método Rorscharch al crear manchas en libros de ejercicios y darles fantásticas interpretaciones.

Se enfrentó de dos maneras a la inseguridad que le incrustó la escuela. Toda la psicología de Jung estaba basada en su experiencia real, y gran parte de esta experiencia venía de su propia infancia. Dijo de una de sus experiencias: “Cuando era niño hacía el ritual igual que he visto hacerlo a los nativos de África. Primero actúan sin saber lo que hacen; sólo mucho después reflexionan acerca de lo que han hecho”. Por supuesto, aún no sabía lo que hacía, pero ya estaba viviendo la psicología que después le hizo famoso. Poco después de conocerlo me di cuenta de que, por maravillosos que fueran sus libros y seminarios, lo realmente convincente era Jung en sí mismo. Él era su propia psicología y este hecho se anticipó incluso en su primera infancia. En la “Retrospección” a Recuerdos escribió que no sabía cómo se inició el “percibir el arroyo de la vida. Probablemente fue el propio inconsciente. O tal vez mis primeros sueños. Ellos condicionaron mi trayectoria desde los inicios. El conocimiento de los procesos del entorno pronto forjó mi relación con el mundo. Básicamente, esa relación era igual en mi infancia a como es a día de hoy.

El primer ritual que llevó a cabo, cuando sintió esta desagradable sensación de estar fuera de sí mismo, fue sentarse en una gran piedra en la pendiente que había bajo el muro del antiguo jardín de la Vicaría de Kleinhüningen. Tenía “alguna clase de relación secreta” con esa piedra, y solía sentarse allí solo durante horas y jugar “con ella a un juego imaginario”. Se sentaba sobre la piedra, que por supuesto se hallaba debajo de él, pero la piedra también podía pensar: “Yazco aquí sobre esta pendiente y él está sentado sobre mí”. Él se identificaba tanto con esa piedra —era su piedra especial— que le desconcertaba la cuestión de si él era el chico o la piedra. Nunca pudo hallar respuesta a esta pregunta, pero su “incertidumbre iba acompañada de un sentimiento de curiosidad y oscura fascinación”.

En este punto de Recuerdos Jung interpoló una experiencia que había sucedido treinta años más tarde y que primero le explicó adecuadamente la cuestión del joven y la piedra. Ya era un psiquiatra practicante, casado, con hijos y “una cabeza llena de ideas y planes”, pero de pronto —al recordar la pendiente de la Vicaría—toda su vida de Zúrich se volvió remota y ajena y se encontró de nuevo absorto en el mundo de la infancia. Entonces se dio cuenta, como un suceso psicológico que debe ser reconocido en la vida cotidiana, de que el mundo de la infancia es el mundo eterno, mientras que su vida en Zúrich pertenecía al mundo del tiempo. Wordsworth reconoció exactamente lo mismo y lo expresó de forma poética, como vaga evidencia de la existencia de la inmortalidad. La última es una idea fácilmente digerible, puesto que la mayoría de gente prefiere la idea de inmortalidad a la idea de muerte como final. Pero la comprensión de Jung nos enfrenta a cada uno de nosotros con la tarea de reconciliar de algún modo los dos mundos que existen en nuestro interior. Somos conscientes de uno, el eterno, en la infancia; más tarde se desvanece para la mayoría de la gente, que entonces se vuelven únicamente conscientes del mundo externo del tiempo; puede resultar un pensamiento aterrador que algo exista indudablemente más allá. Empezamos a comprender por qué tanta gente espera con tanto fanatismo —contra toda evidencia real— que todo niño nazca siendo una tabula rasa.

Volvamos al pequeño Jung y su piedra. La piedra es infinitamente más duradera que el ser humano o cualquier clase de vida animal o vegetal. Teniendo en cuenta que el árbol más antiguo es apenas un infante comparado con una piedra, la última se ha considerado un símbolo de lo eterno desde la antigüedad. Podría mencionarse la “piedra filosofal” de los alquimistas, y Cristo como “la Roca de las eras” o la piedra angular. Cuando se sentía desconcertado sobre si él era el chico que se sentaba sobre la piedra o la piedra sobre la que alguien se sentaba, el pequeño Jung ya estaba inconscientemente dándole vueltas a lo que llamaría, casi ochenta años más tarde, “el espinoso problema de la relación entre el hombre eterno” y el “hombre mundano en el tiempo y el espacio”. Incluso llegó a decir que la cuestión decisiva para el hombre es: “¿Está relacionado con algo infinito o no? Ésa es su cuestión vital y reveladora”. Veremos este “espinoso problema” reaparecer en múltiples formas durante el resto de su vida.

La segunda manera en que se enfrentó a esta “desunión en mí mismo e incertidumbre respecto al mundo en general”, la descubrió con sólo nueve años, casi tres años después de llegar por primera vez a la escuela del pueblo. Tomó una vez la forma del símbolo, y puede decirse que fue su primer esfuerzo creativo para afrontar la escisión entre ambos mundos, aunque naturalmente en el momento le era “bastante incomprensible”. Como todos los colegiales, Jung tenía un estuche barnizado de amarillo con un candado, que además de lápices contenía una regla y otros objetos que solía llevar. Cogió su regla y con sumo cuidado talló un maniquí en un extremo de ésta. entonces la serró y acomodó cuidadosamente en el estuche. El maniquí llevaba una levita, una chistera y botas negras y brillantes”. También le puso una piedra, un paralelismo con la suya de la pendiente. Esta piedra era un tesoro que había llevado por largo tiempo en el bolsillo, una piedra suave y alargada del Rin, que había pintado cuidadosamente para que pareciera que estaba “dividida en una mitad superior y otra inferior”. Entonces escondió la caja en una viga del desván de su casa y sintió que su secreto estaba bastante a salvo, ya que nunca nadie iba al desván por sus tarimas peligrosas y carcomidas por las termitas. Entonces, al fin —cuando todo este ritual estuvo cuidadosamente ejecutado— se sintió seguro y perdió la molesta sensación de sentirse extraño consigo mismo. Cada vez que se sentía infeliz o de algún modo amenazado, pensaba en su maniquí depositado con cuidado con su piedra, y se sentía reconfortado. En ocasiones, cuando nadie lo observaba, visitaba su escondite; en tales momentos siempre se llevaba un papel escrito para ponerlo en el estuche y que fuera la biblioteca del maniquí. Al relatar esto en Recuerdos, ya no podía acordarse de qué había escrito en los papeles.

Uno debe ser consciente del sentido con que Jung usaba la palabra “símbolo”, con tal de comprender por qué este ritual le otorgó al fin tal sensación de seguridad. A menudo el término se usa para designar un mero emblema, un signo o imagen para expresar un hecho conocido, como la rueda alada que llevan los trabajadores suizos del ferrocarril. Pero Jung nunca lo usó en ese sentido; siempre lo utilizó para representar la mejor expresión obtenible en el momento para hacer referencia a algo que es esencialmente desconocido. El niño que creó este maniquí con tanto esmero no tenía ni   idea de lo que estaba tratando de expresar, pero sabía que su mismísima vida dependía de mantenerlo como un “secreto inviolable”. Había hecho todo lo posible, y habiendo realizado el tremendo esfuerzo de producir este símbolo, podía estar en paz. Lo recordó y visitó durante más o menos un año, entonces se olvidó de él hasta los treinta y cinco mientras hacía la lectura preliminar de su libro Sobre la psicología de lo inconsciente, revisado muchos años más tarde y publicado de nuevo bajo el título Símbolos de transformación. Entonces se dio cuenta de que era uno de esos “pequeños dioses ocultos del mundo antiguo”, un Telesforo (alguien que ayuda con un objetivo o una especial eficiencia), tan a menudo conectado con Asclepio. Esta conexión me parece especialmente significativa, porque Jung siendo niño nunca pensó en convertirse en médico (lo que es en sí mismo curioso, ya que había oído hablar mucho de su abuelo Jung que, como su bisabuelo, era un reconocido doctor), pero su inconsciente ya estaba sacando a relucir una imagen relacionada con Asclepio cuando tenía sólo nueve años. En general, los dioses enanos de la antigüedad —más conocidos como los Cabiros, que de nuevo aparecen en el Fausto de Goethe— simbolizan los impulsos creativos; estos impulsos iban a jugar un gran papel en la vida de Jung, siendo testimonio de ello sus numerosos libros.

Fue entonces cuando Jung, a través de su lectura, recordó su maniquí y lo reconoció como símbolo universal, y fue consciente por primera vez de que “hay componentes psíquicos arcaicos que entran en la psique individual sin ninguna línea directa de tradición”, idea que iba a desempeñar un enorme papel en el posterior desarrollo de su psicología. Este maniquí era un contenido que emergió desde las capas más bajas, totalmente colectivas (ver el diagrama de la página 20) y era prácticamente neutral al país, clan o familia, aunque las dos últimas capas hicieron una cierta contribución en cuanto a que inclinaron al pequeño Jung hacia una actitud inusualmente seria y religiosa. En apariencia, de hecho, siguió siendo religioso en sentido cristiano, aunque desde una edad muy temprana dudó acerca de que todas las cosas buenas y hermosas fueran tan incuestionables como le aseguraban que eran, ya que nunca olvidó el lado oscuro de Jesús (y todo el resto de esas tempranas y alarmantes comprensiones) y el maniquí, por lo que dijo: “El sueño del dios itifálico fue mi primer gran secreto; el maniquí fue el segundo”. Sobre este tema, dijo: “La posesión de un secreto tuvo una influencia formativa muy poderosa en mi carácter; lo considero el rasgo más esencial de mi niñez”. Y después, en “Retrospección”, escribió: “Es importante tener un secreto, una presagio de lo desconocido. Llena la vida de algo impersonal, un numinosum. Un hombre que nunca lo ha experimentado se pierde algo importante… Lo inesperado e increíble pertenecen a este mundo. Sólo entonces la vida está completa. Para mí el mundo ha sido infinito e ininteligible desde el principio”.

Aunque en el momento no reconoció ninguna asociación entre sus primeras e insólitas comprensiones anteriores a los cuatro años y el maniquí, el simbolismo muestra cuán unidas estaban estas conexiones en el inconsciente. El maniquí estaba exactamente vestido como “los hombres solemnes que llevaban levita, sombreros inusualmente altos y botas negras y brillantes” que estaban de pie ante las tumbas abiertas del cementerio de Laufen y que le habían aportado su primera sospecha de  Jesús. También existe una conexión secreta entre el falo de su primer sueño y el maniquí, pues el antiguo dios de la kista (un receptáculo para objetos sagrados en los antiguos misterios) —con el que Jung lo comparaba— estaba unas veces representado por una figura humana y otras por un falo. Así que, en definitiva, el mismo secreto se encuentra en el sueño y en el maniquí pero, en el último, el falo inhumano y aterrador queda reemplazado por una figura humana y se vuelve, por lo tanto, mucho más humano y personal.

Fue muy fortuito que el pequeño Jung hiciera este tremendo esfuerzo para sanar su escisión interior, ya que mientras él aún recordaba y hallaba consuelo en el pensamiento del maniquí y su piedra, como todos los niños suizos cuyos padres desean que tengan una buena educación, se le sacó de la escuela del pueblo a los once años y se le envió al Liceo de Basilea, un paso aún mayor hacia el ancho mundo de lo que había sido la primera zancada hacia la escuela del pueblo. Antes de entrar en los años de Basilea, necesitamos una idea más clara de qué clase de chico era cuando salió de una pequeña escuela rural para ir al ambiente distinto del liceo de una gran ciudad, donde también cambiaron por completo sus compañeros. En Kleinhüningen, el padre de Jung era el vicario, uno de los hombres más importantes y refinados del pueblo, y su hijo, por poco que le gustara, llevaba consigo un cierto prestigio a la escuela del pueblo. Además, Jung era siempre el mejor de la clase. La mayoría de sus compañeros eran los hijos de los parroquianos de su padre. En la escuela de Basilea aprendió por primera vez cuán pobres eran sus padres, y pronto se dio cuenta de que casi todos sus nuevos compañeros venían de hogares mucho más pudientes; de que sus padres, según los estándares mundanos predominantes, eran hombres mucho más importantes que un pastor de pueblo. Esto se reflejaba en sus ventajas personales, como una mayor paga, buena ropa y zapatos, y la capacidad de hablar en términos familiares sobre las montañas e incluso el mar, que para el joven Jung aún estaban en la “inalcanzable tierra de los sueños”.

Era un chico inusualmente serio que—incluso antes de los cuatro años— no permitía que se le pusiera ningún velo sentimental ante los ojos, particularmente en lo que respecta a cuestiones religiosas. Siempre se atuvo a los hechos mientras los aprendía comparándolos unos con otros y trazando conclusiones a raíz de las comparaciones que afrontaba, desde muy temprana edad, con los opuestos del destino humano y la naturaleza. Esto le aportó una imagen extraordinariamente empírica de la vida tal y como es. Tal realismo se vio reforzado por la mayoría de sus compañeros de la escuela rural, ya que nadie es más realista ni tiene los pies más en la tierra que el granjero y campesino suizo. Conocía bien a los padres de muchos de sus compañeros y, por lo tanto, desde su más pronta juventud se acostumbró a llamar a las cosas por su nombre.

La comprensión así obtenida de su entorno y el carácter del campesino suizo beneficiaron a Jung toda su vida. Tenía una excelente relación amistosa con los habitantes de la pequeña aldea de Bollingen y con los granjeros de los alrededores. Recientemente un granjero de mediana edad (sin que le provocase una pregunta) mencionó lo bien que Jung entendía a los niños de Bollingen. Recordaba con claridad, por ejemplo, cómo el profesor Jung solía esconder huevos de Pascua por todo su terreno cercano al lago y dejar que los niños los encontraran. De hecho, igual que Jung en su propia infancia se había acostumbrado a escuchar de su abuelo “¡ah, el profesor Jung, era alguien!”, ahora se puede escuchar el mismo comentario sobre su nieto cualquier día de la semana en el barrio de Bollingen. Esto no tiene nada que ver con su fama (dudo incluso que la mayoría de campesinos se hayan dado cuenta de que es famoso), sino simplemente con su personalidad.

Los vecinos hablaban a Jung con una libertad extraordinaria y charlaban con él de cosas que nunca mencionarían a otros forasteros, y así era cada vez que iba a la montaña entre la población rural de Suiza. Resulta sorprendente cuán a menudo sus libros se encuentran entre tales hogares, y no sólo como ornamentos, ya que es obvio que se han leído una y otra vez. Esta gente, aún en contacto con la tierra, parece tener una comprensión instintiva que demasiado a menudo se ha perdido, ya que es habitual oír que los libros de Jung son difíciles. Cuando gente tan sencilla de toda Suiza se acercaba —como a menudo hacían— a Jung para hacerle preguntas sobre lo que no entendían, él pronto se daba cuenta de que a menudo habían entendido mucho más del significado esencial de sus libros de lo que es habitual en el caso de círculos académicos. Estaba tan impresionado de cuánta gente así había y de su sincera búsqueda que, al sobrepasar los ochenta años, pidió a algunos de sus estudiantes, concretamente a Marie-Louise von Franz, que también había recibido sus primeros cinco años de educación en una escuela rural suiza, que creara un círculo de lectura para ellos donde pudieran hacer sus preguntas dos veces al mes. Este círculo aún funciona y es sorprendentemente fresco y carente de pretensión.

También fue a través de los primeros contactos de Jung con los campesinos que aprendió a conocer y respetar los productos de la naturaleza como la madera y la piedra. Hasta justo antes de su muerte él cortaba su propia leña en Bollingen, y rara vez se le veía más feliz y relajado que cuando se involucraba en tales tareas. Aún se oye hablar de él como cantero con el mayor de los respetos. El modo en que entendía y manejaba concretamente la piedra individual levantó la admiración de cada experto albañil.

Pero no fue sólo en el futuro que Jung se benefició de su experiencia temprana con el realismo del campesino suizo. Como muchacho, fue ya una experiencia útil para evitar las ilusiones que la sociedad cortés tan a menudo parece favorecer. Cuando tenía nueve años su reacción al nacimiento de su hermana nos ofrece una idea de cómo esto operaba en su vida diaria. Este suceso fue una completa sorpresa para él, ya que, como la mayoría de niños criados con un contacto cercano a la naturaleza y los animales, había aprendido los hechos de la vida pronto y con facilidad, y hasta entonces nada le había hecho sospechar que había un bebé en camino. Parece extraño a primera vista en un muchacho tan observador, pero se trata de una reacción típicamente masculina. El varón está principalmente interesado en el discernimiento y los hechos, no en las relaciones de forma primaria. Una joven probablemente se habría dado cuenta de que su madre estaba preocupada y no tan interesada en ella como era habitual, pero el interés de un joven masculino y sano está tan ocupado con sus propios asuntos que sólo se percata de perturbaciones realmente inevitables en las relaciones, tales como que su madre esté ausente porque está en el hospital, o sea incapaz de cocinar, o cosas por el estilo. Pero en aquella época casi todos los niños nacían en casa, y —aunque más tarde se acordaba de que ella se acostaba más a menudo de lo habitual— entretanto era más que probable que ella cumpliera con sus deberes del hogar hasta el último momento. Fuera como fuese, la llegada de su hermana cogió a Jung totalmente desprevenido. Sus padres, que en apariencia eran totalmente convencionales, le explicaron el clásico mito de la cigüeña; él lo rechazó al instante, pues los campesinos jamás se habrían creído tal cuento de hadas y, de todos modos, ¿cómo podía una cigüeña arreglárselas para llevar una cría? Vio al momento, sin embargo, que sus padres estaban decididos a no contarle exactamente cómo llegó ese bebé y, como siempre, se guardó sus pensamientos para sí mismo. Aunque después aprendió a tener un gran respeto por la personalidad de su hermana, ella llegó demasiado tarde como para que hubiera entre ambos cualquier niñez en común, y ambos crecieron más o menos como si cada uno de ellos fuese hijo único.

Aparentemente, la madre de Jung hizo grandes esfuerzos por mejorar los modales de su hijo y convertirle en un muchachito bien educado y caballeroso, pero su corazón no acompañaba tales esfuerzos. Su base instintiva era realista y estaba mucho más preocupada con que creciera siendo un joven sano y varonil, capaz de usar sus puños si era necesario y de valerse por sí mismo en cada aspecto. Siempre estaba ofreciéndole a su hijo este deseo secreto, aunque su conversación se ocupara principalmente de sus modales y apariencia, y a menudo se le comparara desfavorablemente con algunos pocos niños más elegantes de algunas de sus relaciones y amigos.

Recuerdo que una vez me contó que cuando una joven prima particularmente emperifollada fue a tomar el té, las instrucciones de su madre fueron especialmente exactas en cuanto a lo bien que debía comportarse. Estaba de todo menos contento de verla, y aún así la llevó con educación al jardín y trató de hacer lo posible por distraerla. Pero el jardín acababa de ser abonado, y no podía hacer que ella retirase su atención del olor y la sustancia del estiércol. Se sorprendió muchísimo e incluso le impactó verla comer un poco con evidente placer. Más tarde le contó triunfante a su madre lo que había hecho su prima a la que debía imitar y, por una vez, ella admitió que un niño podía criarse excesivamente bien. La prima sólo había seguido el principio del perro al que se mantiene un modo demasiado antinatural y humano; normalmente un perro como ése rodará sobre cualquier horror que encuentre como compensación por su desnaturalizada vida.

Tales reconocimientos esporádicos y satisfactorios por parte de su madre y, aún más, las cosas que ella murmuraba bajo su aliento —que pronto aprendió que eran inconscientes y no se podía hablar de ellas— crearon una relación satisfactoria entre madre e hijo. En apariencia él acompañaba sus consejos acerca de su aspecto y modales, y en lo esencial —aunque pronto aprendió que si el habla es plata, el silencio  es oro— siempre se sintió realmente libre, e incluso motivado, para ser él mismo. Por lo tanto fue, según se cuenta, un niño extremadamente natural. Recuerdo que cuando vi por primera vez a algunos de sus propios hijos, lo que me impactó de un modo más contundente fue que ellos eran los jóvenes más naturales que había visto jamás.

Aunque Jung creció en este ambiente realista, en la aldea suiza, no era de ningún modo un entorno materialista. Aparte del énfasis religioso en su familia y el clan, se topó con la certeza del campesino suizo en cuanto a “sucesos que excedían las limitadas categorías del espacio, el tiempo y la causalidad. Se sabe que los animales sienten de antemano las tormentas y los terremotos. Había sueños que predecían la muerte de ciertas personas, relojes que se detenían en el momento de la muerte, vasos que se hacían añicos en el momento crítico. Todo esto se había dado por sentado en el mundo de mi infancia”. No fue hasta mucho más tarde que Jung fue consciente de cuán desconocido era todo este aspecto de la vida para la población urbana de una ciudad como Basilea. Para cuando hubo dejado la escuela del pueblo, nunca se le había ocurrido dudar de la existencia empírica de hechos irracionales que de ningún modo estaban unidos por las “imitadas categorías del espacio, el tiempo y la causalidad”. Pudo, por lo tanto, extraer una satisfacción ilimitada y un sentido completo de seguridad de la existencia del maniquí que había depositado cuidadosamente en el desván, ya que nada o poco había en su vida rural que despertara cualquier duda acerca de la eficacia de tales símbolos.

Aunque siendo pequeño la salud de Jung parecía ser de algún modo incierta, no tardó mucho en que su natural robustez de constitución se afirmara y empezara a disfrutar de la excelente salud que le caracterizó la mayor parte de su vida. También se volvió inusualmente fuerte. Me contó que esto le fue de gran ayuda durante todos sus días escolares ya que, al ser físicamente más fuerte que el resto de chicos de su clase, siempre podía contar con que le dejaran en paz y con ganarse el respeto cuando llegara alguna pelea de cualquier tipo. Aunque durante muchos años asistió primero al liceo y luego a la universidad en Basilea, siguió residiendo en Kleinhüningen. Esto no sólo le hizo dar un largo paseo por el campo dos veces al día; también le dejó inalteradas sus raíces esenciales. Por lo tanto, aunque era indudable que su imagen del mundo social y la importancia de sus padres en él había padecido un severo impacto en su nueva escuela, demostró estar excepcionalmente bien preparado para todo lo esencial que se encontrara. Se podría decir que fue su primera experiencia de uno de los últimos pilares de su psicología: es el individuo el que cuenta y no sus circunstancias externas.

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